“¡Erik! ¡Soy yo! ¿Me conoces?”
Con extraordinaria calma, respondió al instante:
—¿De modo que no estás muerto ahí dentro? Bueno, pues procura estarte quieto.
Intenté hablar, pero él dijo fríamente:
—Ni una palabra, daroga, o lo hago todo volar.
Y añadió: —El honor es de mademoiselle... Mademoiselle no ha tocado el escorpión —¡con qué lentitud hablaba!—, mademoiselle no ha tocado el saltamontes —¡con qué aplomo!—, pero aún no es tarde para obrar bien. Hala, abro los cofres sin llave, pues soy un amante de las trampas y abro y cierro lo que quiero y como quiero.
Abro los pequeños cofres de ébano: mademoiselle, mire a los pequeños amores que hay dentro. ¿A que son bonitos? Si gira el saltamontes, mademoiselle, volaremos todos por los aires. Hay suficiente pólvora bajo nuestros pies como para volar todo un barrio de París. Si gira el escorpión, mademoiselle, toda esa pólvora quedará empapada y anegada.
Mademoiselle, para celebrar nuestra boda, le hará un hermoso regalo a unos cuantos cientos de parisinos que en este momento aplauden una pobre obra maestra de Meyerbeer... Les hará el regalo de sus vidas... Pues, con sus propias y hermosas manos, girará el escorpión... ¡Y alegremente, alegremente, nos casaremos!
Una pausa; y luego:
—Si en dos minutos, señorita, no le da la vuelta al escorpión, yo se la daré al saltamontes... ¡y el saltamontes, se lo aseguro, salta de lo más alto!
El terrible silencio comenzó de nuevo. El vizconde de Chagny, comprendiendo que no le quedaba más remedio que rezar, cayó de