La singular actitud de un imperdible
Detrás del telón, había una multitud indescriptible. Artistas, tramoyistas, bailarines, figurantes, coreutas, abonados hacían preguntas, gritaban y se empujaban unos a otros.
¿Qué fue de ella?
“Se ha escapado”.
“¡Con el vizconde de Chagny, por supuesto!”
“¡No, con el conde!”
“¡Ah, aquí está Carlotta! ¡Carlotta hizo el milagro!”
“¡No, fue el fantasma!”
Y algunos se rieron, sobre todo porque un examen minucioso de las trampillas y las tablas descartaba por completo la idea de un accidente.
En medio de esta multitud ruidosa, tres hombres conversaban en voz baja y con gestos desesperados. Eran Gabriel, el director del coro; Mercier, el director de escena; y Rémy, el secretario. Se retiraron a un rincón del vestíbulo por el que el escenario se comunica con el amplio pasillo que conduce al ambigú del ballet. Allí se detuvieron