El persa no dudó. Decidió informar a la policía. Ahora el caso estaba en manos de un juez de instrucción llamado Faure, un tipo incrédulo, vulgar y superficial, (escribo tal como pienso), con una mente totalmente despreparada para recibir una confidencia de esta índole. M. Faure tomó las declaraciones del daroga y procedió a tratarlo como a un loco.
Desesperanzado de conseguir jamás una audiencia, el persa se sentó a escribir. Como la policía no quería su testimonio, tal vez la prensa se alegraría de tenerlo; y acababa de escribir la última línea del relato que he citado en los capítulos precedentes, cuando Darío anunció la visita de un extraño que se negaba a decir su nombre, que no quería mostrar su rostro y declaró simplemente que no tenía la intención de abandonar el lugar hasta haber hablado con el daroga.
El persa adivinó al instante quién era su singular visitante y ordenó que lo hicieran pasar. El daroga tenía razón. ¡Era el fantasma, era Erik!
Tenía un aspecto sumamente débil y se apoyaba contra la pared, como si tuviera miedo de caerse.
Al quitarse el sombrero, dejó ver una frente blanca como la cera. El resto del horrible rostro estaba oculto por la máscara.
El persa se puso de pie cuando entró Erik.
“Asesino del conde Felipe, ¿qué has hecho con su hermano y con Christine Daaé?”
Erik tambaleó bajo este ataque directo, guardó silencio un momento, se arrastró hasta una silla y lanzó un profundo suspiro. Luego, hablando en frases cortas y jadeando entre las palabras:
“Daroga, no me hable … del conde Felipe. … Ya estaba muerto … cuando … salí de mi casa … ya estaba muerto … cuando … la sirena cantó. … Fue un … accidente … un triste … un muy triste … accidente. ¡Cayó de manera muy extraña … pero simple y natural … en el lago! …”