a Christine en un éxtasis maravilloso; pero, a pesar de todo, nunca habría creído que la voz de Erik —que era fuerte como el trueno o suave como la voz de los ángeles, a voluntad— hubiera podido hacerle olvidar su fealdad. ¡Lo comprendí todo cuando supe que Christine aún no lo había visto! Tuve ocasión de ir al camerino y, recordando las lecciones que él me había dado en otro tiempo, no me costó trabajo descubrir el truco que hacía girar la pared del espejo y comprobé el medio —compuesto de ladrillos huecos y demás— por el cual hacía llegar su voz a Christine como si ella la oyera muy cerca de sí. De este modo descubrí también el camino que conducía al pozo y al calabozo —el calabozo de los comunistas— y asimismo la trampilla que permitía a Erik ir directamente a los sótanos situados bajo el escenario.
Unos días después, ¡cuál no sería mi asombro al enterarme por mis propios ojos y oídos de que Erik y Christine Daaé se veían, y al sorprender al monstruo inclinado sobre el pocito, en el camino de los Comunistas, rociando la frente de Christine Daaé, que se había desmayado!
Un caballo blanco, el caballo de El profeta, que había desaparecido de las caballerías de la Ópera, estaba tranquilamente de pie junto a ellos.
Me dejé ver. Fue terrible. Vi chispas saltar de aquellos ojos amarillos y, antes de que tuviera tiempo de decir una palabra, recibí un golpe en la cabeza que me aturdió.
Cuando volví en mí, Erik, Christine y el caballo blanco habían desaparecido. Estaba seguro de que la pobre muchacha era prisionera en la casa del lago. Sin vacilar, resolví regresar a la orilla, a pesar del peligro que ello entrañaba. Durante veinticuatro horas, aceché la aparición del monstruo,