A causa de la pequeñez del disco luminoso, al principio era difícil distinguir el aspecto de las cosas: veían la punta de una rama… y una hoja… y otra hoja… y, al lado, nada en absoluto, nada más que el rayo de luz que parecía reflejarse a sí mismo.… Raoul pasó la mano por encima de esa nada, por encima de ese reflejo.
—¡Hola! —dijo—. ¡El paredón es un espejo!
—¡Sí, un espejo! —dijo el persa, con un tono de profunda emoción. Y, pasándose la mano que sostenía la pistola por la frente húmeda, añadió—: ¡Hemos caído en la cámara de tortura!
Lo que el persa sabía de esta cámara de tortura y lo que en ella le aconteció a él y a su compañero se contará en sus propias palabras, tal como figuran en un manuscrito que dejó tras de sí, y que copio palabra por palabra.