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nydus/The Phantom of the OperaPublic
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XXIII. Comienzan las torturas

pudiera amar y sacar a pasear los domingos y entretener los días de semana. … ¿Quieres que te muestre algunos trucos de cartas? Eso nos ayudará a pasar unos minutos, mientras esperamos las once de la noche de mañana. … ¡Mi pequeña y querida Christine! … ¿Me estás escuchando? … ¡Dime que me amas! … No, no me amas … ¡pero no importa, lo harás! … Una vez, no podías mirar mi máscara porque sabías lo que había detrás. … ¡Y ahora no te importa mirarla y olvidas lo que hay detrás! … Uno se acostumbra a todo … si quiere. … ¡Muchos jóvenes a los que no les importaba el uno el otro antes de casarse se han adorado después! Oh, ¡no sé de qué estoy hablando! Pero te divertirías mucho conmigo. Por ejemplo, soy el mayor ventríloquo que jamás haya existido, ¡soy el primer ventríloquo del mundo! … Te estás riendo. … ¿Quizás no me crees? Escucha.

El miserable, que en realidad era el primer ventrílocuo del mundo, solo trataba de distraer la atención de la niña de la cámara de tortura; ¡pero fue un plan estúpido, pues Christine no pensaba en otra cosa que en nosotros! Le suplicaba una y otra vez, con los tonos más suaves de los que era capaz:

“¡Apaga la luz de la ventanita!⁠ ⁠… ¡Erik, apaga de una vez la luz de la ventanita!”

Pues comprendía bien que aquella luz, que aparecía tan de repente y de la que el monstruo había hablado con voz tan amenazadora, debía de significar algo terrible.

Una cosa debió de tranquilizarla por un momento: ver a los dos, tras el muro, en medio de aquella luz resplandeciente, sanos y salvos. Pero sin duda se habría sentido mucho más aliviada si hubieran apagado la luz.

Mientras tanto, el otro ya había empezado a hacer de ventrílocuo. Dijo:

“Aquí, me levanto un poco la máscara.⁠ ⁠… ¡Oh, solo un poco!⁠ ⁠… ¿Ves mis labios, tales labios como tengo? ¡No se mueven!⁠ ⁠… Mi boca está

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