sentía que aquello no era natural, que había brujería detrás. Aquel sapo olía a azufre. ¡Pobre, desgraciada, desesperada, destrozada Carlotta!
El alboroto en la casa era indescriptible. Si le hubiera ocurrido a cualquier otra que no fuera Carlotta, la habrían abucheado. Pero todo el mundo sabía cuán perfecto instrumento era su voz; y no hubo muestras de ira, sino únicamente de horror y consternación, el género de consternación que los hombres habrían sentido de haber presenciado la catástrofe que rompió los brazos de la Venus de Milo. … Y aun así habrían visto … y comprendido …
¡Pero aquí aquel sapo era incomprensible! Tanto que, tras algunos segundos dedicados a preguntarse si realmente había oído aquella nota, aquel sonido, aquel ruido infernal salir de su garganta, intentó persuadirse de que no era así, de que era víctima de una ilusión, una ilusión del oído, y no de un acto de traición por parte de su voz. …
Mientras tanto, en el palco cinco, Moncharmin y Richard se habían puesto muy pálidos. Este incidente extraordinario e inexplicable los llenaba de un pavor tanto más misterioso cuanto que, desde hacía un rato, habían caído bajo la influencia directa del fantasma. Habían sentido su aliento. A Moncharmin se le erizó el cabello. Richard se secó el sudor de la frente. Sí, el fantasma estaba allí, a su alrededor, detrás de ellos, a su lado; sentían