Gounod había dirigido la «Marcha fúnebre de una marioneta»; Reyer, su hermosa obertura de Sigurd; Saint-Saëns, la «Danza macabra» y una «Rêverie orientale»; Massenet, una marcha húngara inédita; Guiraud, su «Carnaval»; Delibes, el «Valse lente» de Sylvia y los «Pizzicati» de Coppelia. La señorita Krauss había cantado el bolero de I Vespri Siciliani; y la señorita Denise Bloch, la canción de beber de Lucrezia Borgia.
Pero el verdadero triunfo estaba reservado para Christine Daaé, que había comenzado cantando unos cuantos pasajes de Romeo y Julieta. Era la primera vez que la joven artista cantaba en esta obra de Gounod, que no había sido trasladada a la Ópera y que fue reposada en la Opéra Comique después de haber sido representada en el antiguo Théâtre Lyrique por la señora Carvalho. Quienes la escucharon dicen que su voz, en dichos pasajes, era angélica; pero esto no era nada comparado con las notas sobrehumanas que emitió en la escena de la prisión y el trío final de Fausto, que cantó en lugar de La Carlotta, quien estaba enferma. Nadie había oído ni visto jamás nada igual.
Daaé reveló una nueva Margarita aquella noche, una Margarita de un esplendor, de un brillo hasta entonces sospechados. Todo el teatro enloqueció, puestos en pie, gritando, aclamando, aplaudiendo, mientras Christine sollozaba y se desmayaba en los brazos de sus compañeros de canto y tuvo que ser llevada a su camerino. Unos cuantos abonados, sin embargo, protestaron. ¿Por qué se les había ocultado un tesoro tan grande durante todo ese tiempo? Hasta entonces, Christine Daaé había interpretado a un buen Siebel frente a la Margarita, un tanto demasiado espléndidamente material, de Carlotta. ¡Y había sido necesaria la incomprensible e inexcusable ausencia de Carlotta en aquella noche de gala para que la pequeña Daaé, con un aviso de último momento, demostrara todo lo que era capaz de hacer en un papel del programa reservado para la diva española!