peregrinaciones bretones, de la fiesta del pueblo y de los bailes, se marchaba con su violín, como en los viejos tiempos, y se le permitió llevarse a su hija durante una semana. Daban a las aldeas más pequeñas música para durarles un año y dormían por la noche en un pajar, rechazando una cama en la posada, recostados muy juntos sobre la paja, como cuando eran tan pobres en Suecia. Al mismo tiempo, iban muy pulcramente vestidos, no hacían colecta, rechazaban las monedas de cobre que les ofrecían; y la gente de alrededor no lograba comprender la conducta de este músico rústico que recorría los caminos con aquella niña bonita que cantaba como un ángel del cielo. Los seguían de aldea en aldea.
Un día, un niño pequeño, que estaba de paseo con su institutriz, la hizo caminar más de lo que pretendía, pues no lograba apartarse de la pequeña cuya voz pura y dulce parecía atarlo a ella.