Se enteró de que ella había hecho decir una misa, aquella misma mañana, por el reposo del alma de su padre y había pasado un buen rato rezando en la pequeña iglesia y ante la tumba del violinista. Entonces, como parecía no tener ya nada que hacer en Perros y, de hecho, no hacía nada allí, ¿por qué no regresaba a París de inmediato?
Raoul se alejó, abatido, hacia el cementerio donde se alzaba la iglesia y se quedó verdaderamente solo entre las tumbas, leyendo las inscripciones; pero, al doblar el ábside, se vio de repente impresionado por la nota deslumbrante de las flores que crecían desordenadamente sobre el suelo blanco.
Eran maravillosas rosas rojas que habían florecido por la mañana, en la nieve, dejando vislumbrar la vida entre los muertos, pues la muerte lo rodeaba por todas partes. Esta también, al igual que las flores, brotaba de la tierra, que había devuelto a la superficie un buen número de sus cadáveres.
- Esqueletos y cráneos por centenar se amontonaban contra el muro de la iglesia, sujetos por un alambre que dejaba toda la espeluznante pila a la vista.
- Huesos de muertos, dispuestos en filas, como ladrillos, para formar el primer cimiento sobre el cual se habían levantado los muros de la sacristía.
La puerta de la sacristía se abría en medio de aquella estructura ósea, como suele verse en las antiguas iglesias bretonas.
Raoul rezó una oración por Daaé y luego, impresionado dolorosamente por todas aquellas sonrisas eternas en las bocas de las calaveras, subió la pendiente y se sentó en el borde del brezal que dominaba el mar. El viento amainó con la tarde. Raoul se vio rodeado de una oscuridad helada, pero no sintió el frío.