No se dejaba ver en ninguna parte; y el vizconde de Chagny trató en vano de encontrarse con ella. Le escribió pidiéndole verla, pero desesperaba de recibir respuesta cuando, una mañana, ella le envió la siguiente esquela:
Monsieur:
No he olvidado al pequeño que se metió en el mar para rescatar mi pañuelo. Siento que debo escribirle hoy, cuando voy a Perros, en cumplimiento de un sagrado deber. Mañana es el aniversario de la muerte de mi pobre padre, a quien usted conoció y que le tenía mucho afecto. Está enterrado allí, con su violín, en el cementerio de la pequeña iglesia, al pie de la cuesta donde solíamos jugar de niños, junto al camino donde, cuando éramos un poco más grandes, nos dijimos adiós por última vez.
El vizconde de Chagny consultó apresuradamente una guía de ferrocarriles, se vistió tan rápido como pudo, escribió unas pocas líneas para que su criado se las llevara a su hermano y se subió de un salto a un fiacre que lo llevó a la estación de Montparnasse justo a tiempo para perder el tren de la mañana.
Pasó un día sombrío en la ciudad y no recuperó el ánimo hasta la noche, cuando iba sentado en su compartimento del expreso de Bretaña. Leyó la nota de Christine una y otra vez, respiró su perfume, rememoró las dulces imágenes de su infancia y pasó el resto de aquel tedioso viaje nocturno en sueños febriles que empezaban y terminaban con Christine Daaé.
Amanecía cuando bajó en Lannion. Se apresuró a tomar el carruaje de línea hacia Perros-Guirec. Era el único pasajero. Interrogó al cochero y se enteró de que, la víspera por la tarde, una joven con aspecto de parisina había ido a Perros y se había hospedado en la posada conocida como El Sol Poniente.