ha cerrado por sí sola!
Y la luz del farol se deslizó por la pared y barrió el suelo.
El persa se agachó y recogió algo, una especie de cordón, que examinó durante un segundo y arrojó lejos con horror.
—¡El lazo de Punyab! —murmuró.
—¿Qué pasa? —preguntó Raoul.
El persa se estremeció. «Bien podría ser la cuerda con la que ahorcaron al hombre, y que se ha buscado durante tanto tiempo».
Y, de pronto asaltado por una nueva inquietud, pasó el disquito rojo de su linterna sobre las paredes. De este modo, iluminó una cosa curiosa: el tronco de un árbol, que parecía aún muy vivo, con sus hojas; y las ramas de ese árbol corrían directamente por las paredes y desaparecían en el techo.