El sah le ordenó construir un edificio de esta índole. Erik lo hizo; y el edificio parece haber sido tan ingenioso que Su Majestad podía moverse por su interior sin ser visto y desaparecer sin que existiera la posibilidad de descubrir el truco. Cuando el Shahinsha se encontró en posesión de esta joya, ordenó que le arrancaran a Erik sus ojos amarillos. Pero reflexionó que, aun estando ciego, Erik aún sería capaz de construir una casa tan notable para otro soberano; y también que, mientras Erik viviera, alguien conocería el secreto del maravilloso palacio. Se decidió la muerte de Erik, junto con la de todos los obreros que habían trabajado bajo sus órdenes. La ejecución de este abominable decreto recayó sobre el daroga de Mazenderán. Erik le había prestado algunos pequeños servicios y le había procurado más de una buena carcajada. Le salvó la vida a Erik proporcionándole los medios para huir, pero por poco paga con su propia cabeza tan generosa indulgencia.
Afortunadamente para el daroga, un cadáver, medio devorado por las aves de rapiña, fue encontrado en la