comienza con las conocidas palabras que dicen que «la dirección de la Ópera otorgará a la representación de la Academia Nacional de Música el esplendor que conviene al primer escenario lírico de Francia» y termina con la cláusula 98, que dice que el privilegio puede ser retirado si el director infringe las condiciones estipuladas en el cuaderno de obligaciones. A esto le siguen las condiciones, que son cuatro en número. El ejemplar presentado por M. Poligny estaba escrito con tinta negra y era exactamente igual al que obraba en nuestro poder, salvo que, al final, contenía un párrafo con tinta roja y una caligrafía extraña y esforzada, como si hubiera sido trazada mojando las cabezas de cerillas en la tinta, la escritura de un niño que nunca ha pasado de los palotes y no ha aprendido a unir las letras. Este párrafo decía, palabra por palabra, lo siguiente: M. Poligny señaló con dedo vacilante esta última cláusula, que ciertamente no esperábamos. «¿Es todo? ¿No quiere nada más?», preguntó Richard con la mayor naturalidad. «Sí, sí quiere», respondió Poligny. Y pasó las páginas del cuaderno de obligaciones hasta llegar a la cláusula que especificaba los días en que debían reservarse ciertos palcos privados para el uso gratuito del presidente de la república, los ministros, etcétera. Al final de esta cláusula se había añadido una línea, también con tinta roja: «El palco número cinco del primer piso se pondrá a disposición del fantasma de la Ópera en todas las
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III. La misteriosa razón
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