fantasma, cuando ocurrió un incidente que les demostró que la broma —si broma era— no había terminado. M. Firmin Richard llegó a su despacho aquella mañana a las once. Su secretario, M. Rémy, le mostró media docena de cartas que no había abierto porque estaban marcadas como «privadas». Una de las cartas había llamado inmediatamente la atención de Richard no solo porque el sobre estaba dirigido con tinta roja, sino porque le parecía haber visto esa letra antes. Pronto recordó que era la grafía roja con la que se había completado tan curiosamente el cuaderno de notas. Reconoció la letra torpe e infantil. Abrió la carta y leyó:
Estimado señor director: Siento tener que molestarle en un momento en el que debe de estar sumamente ocupado, renovando compromisos importantes, firmando otros nuevos y haciendo gala, en general, de su excelente gusto. Sé lo que ha hecho por Carlotta, por Sorelli, por la pequeña Jammes y por algunas otras cuyas admirables cualidades de talento o genio ha sabido adivinar. Por supuesto, cuando uso estas palabras, no pretendo aplicarlas a La Carlotta, que canta como una chirriante y a la que jamás se le debió permitir dejar los Ambassadeurs y el Café Jacquin; ni a La Sorelli, que debe su éxito principalmente a los carroceros; ni a la pequeña Jammes, que baila como un ternero en un prado. Y tampoco hablo de Christine Daaé, si bien su genio es indudable, mientras que sus celos le impiden crear ningún papel importante. A fin de cuentas, usted es libre de dirigir su pequeño negocio como mejor le parece, ¿no es así? Aun así, me gustaría aprovechar el hecho de que todavía no ha echado a Christine Daaé a patadas para escucharla