Comunistas. Pero la idea de la entrada secreta en el tercer sótano me obsesionaba, y fui repetidamente a esperar durante horas detrás de un bastidor de El rey de Lahore, que había sido dejado allí por alguna razón u otra. Por fin mi paciencia se vio recompensada. Un día, vi al monstruo avanzar hacia mí, de rodillas. Estaba seguro de que no podía verme. Pasó entre el bastidor tras el cual estaba yo y una pieza decorativa, fue hacia la pared y presionó un resorte que movió una piedra y le permitió la entrada. Pasó a través de ella y la piedra se cerró tras él.
Esperé al menos treinta minutos y luego apreté el resorte a mi vez. Todo ocurrió como con Erik. Pero tuve cuidado de no cruzar yo mismo por el agujero, pues sabía que Erik estaba dentro.
Por otra parte, la idea de que Erik pudiera sorprenderme me hizo pensar repentinamente en la muerte de Joseph Buquet. No deseaba comprometer las ventajas de un descubrimiento tan grande que podría ser útil a mucha gente, «a un buen número del género humano», según las palabras de Erik; y abandoné los sótanos de la Ópera tras colocar cuidadosamente la piedra en su sitio.
Continué estando muy interesado en las relaciones entre Erik y Christine Daaé, no por una curiosidad mórbida, sino debido al terrible pensamiento que obsesionaba mi mente de que Erik era capaz de cualquier cosa, si alguna vez descubría que no era amado por sí mismo, como él imaginaba.
Continué deambulando, con mucho cuidado, por la Ópera y pronto supe la verdad sobre el sombrío romance del monstruo.
Él llenaba la mente de Christine, a través del terror que le inspiraba, pero el corazón de la querida niña pertenecía por entero al vizconde Raoul de Chagny. Mientras jugaban, como una pareja de prometidos inocentes, en los pisos superiores de la Ópera, para evitar al monstruo, apenas sospechaban que