«Reconocemos la mano del fantasma de la Ópera».
Y aun eso estaba escrito a modo de ironía.
Solo el persa sabía toda la verdad y poseía las principales pruebas, que le llegaron con las piadosas reliquias prometidas por el fantasma. Me tocó a mí en suerte completar dichas pruebas con la ayuda del propio daroga. Día tras día lo mantuve informado sobre el progreso de mis investigaciones, y él las dirigía. Hacía años y años que no había ido a la Ópera, pero conservaba el recuerdo más exacto del edificio, y no habría podido tener mejor guía que él para ayudarme a descubrir sus rincones más secretos. También me indicó dónde recabar más información, a quién interrogar; y me mandó a visitar a M. Poligny en un momento en que el pobre hombre estaba casi dando el último suspiro. No tenía idea de que estuviera tan enfermo, y jamás olvidaré el efecto que mis preguntas sobre el fantasma produjeron en él. Me miró como si fuera el diablo y respondió únicamente con unas pocas frases incoherentes que demostraban, sin embargo —y eso era lo principal—, la magnitud de la perturbación que O. G., en su época, había introducido en aquella vida ya de por sí muy agitada (pues M. Poligny era lo que la gente llama un hombre mundano).
Cuando fui a contarle al persa el pobre resultado de mi visita a M. Poligny, el daroga esbozó una leve sonrisa y dijo:
«Poligny nunca supo hasta qué punto aquel extraordinario granuja de Erik lo había tomado el pelo».—Por cierto, el persa hablaba de Erik a veces como de un semidiós y a veces como del más ruin de los mortales— «Poligny era supersticioso y Erik lo sabía. Erik sabía casi todo sobre los asuntos públicos y privados de la Ópera. Cuando M. Poligny oyó una voz misteriosa que le decía, en el palco número cinco, la forma en que solía pasar el tiempo y abusar de la confianza de su socio, no esperó a oír más. Creyendo al principio que era una voz del cielo, se creyó condenado; y