… y ahora la voz estaba en la habitación, frente a Christine. Christine se levantó y se dirigió a la voz, como si hablara con alguien:
—Aquí estoy, Erik —dijo ella—. Estoy lista. Pero vas tarde.
Raoul, asomado de detrás de la cortina, no podía dar crédito a sus ojos, que no veían nada.
El rostro de Christine se iluminó. Una sonrisa de felicidad apareció en sus labios descoloridos, una sonrisa semejante a la de los enfermos cuando albergan la primera esperanza de curación.
La voz sin cuerpo siguió cantando; y ciertamente Raoul jamás en su vida había oído nada más absoluta y heroicamente dulce, más gloriosamente insidioso, más delicado, más poderoso, en suma, más irresistiblemente triunfante.
La escuchaba con fiebre y ahora empezaba a comprender cómo Christine Daaé había podido presentarse una tarde, ante el público estupefacto, con acentos de una belleza hasta entonces desconocida, de una exaltación sobrehumana, mientras sin duda aún se encontraba bajo la influencia del misterioso e invisible maestro.
La voz cantaba el Canto nupcial de Romeo y Julieta. Raoul vio a Christine extender los brazos hacia la voz tal como lo había hecho, en el cementerio de Perros, hacia el violín invisible que tocaba «La resurrección de Lázaro». Y nada podía describir la pasión con la que cantaba la voz:
“¡El destino te ata a mí por siempre jamás!”
Las notas atravesaron el corazón de Raoul. Luchando contra el encanto que parecía despojarlo de toda su voluntad, de toda su energía y de casi toda su lucidez en el momento en que más las necesitaba, logró descorrer la cortina que lo ocultaba y caminó hacia donde estaba Christine.