Un período de la vida de Erik permaneció bastante oscuro. Fue visto en la feria de Nizhni Nóvgorod, donde se exhibía en toda su espantosa gloria. Ya cantaba como nadie en esta tierra había cantado jamás; practicaba el ventrilocuismo y ofrecía exhibiciones de prestidigitación tan extraordinarias que las caravanas que regresaban a Asia hablaron de ello durante todo su viaje.
De este modo, su reputación penetró en los muros del palacio de Mazandarán, donde la pequeña sultana, la favorita del Sha de los Shas, se aburría a muerte.
Un mercader de pieles, que regresaba a Samarcanda desde Nizhni-Novgorod, habló de las maravillas que había visto realizar en la tienda de Erik.
El comerciante fue convocado al palacio y se le ordenó al daroga de Mazandarán que lo interrogará. Después, se le dio instrucciones al daroga para que fuera a buscar a Erik. Lo llevó a Persia, donde durante algunos meses la voluntad de Erik fue ley.
Era culpable de no pocos horrores, pues parecía no conocer la diferencia entre el bien y el mal. Participó con calma en una serie de asesinatos políticos; y volvíó sus diabólicos poderes inventivos contra el Emir de Afganistán, que estaba en guerra con el imperio persa. Al Shah le cayó en gracia.
Era la época de las horas rosadas de Mazenderán, de las que el relato del daroga nos ha ofrecido una fugaz visión. Erik tenía ideas muy originales en materia de arquitectura y concibió un palacio casi del mismo modo en que un ilusionista idea un cofre de sortilegios.