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nydus/The Phantom of the OperaPublic
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VI. Una visita al palco cinco

MM. Moncharmin y Richard eran los náufragos en medio de este agitado desorden de un mar de algodón. Se dirigieron hacia los palcos de la izquierda, abriéndose paso como marineros que abandonan su barco e intentan luchar por llegar a la orilla.

Las ocho grandes columnas pulidas se erguían en la penumbra como otros tantos gigantescos pilares que sostuvieran los acantilados amenazadores, desmoronados y panzudos, cuyas capas estaban representadas por las líneas circulares, paralelas y ondulantes de los balcones del gran anfiteatro y del primero y segundo órdenes de palcos.

En lo alto, justo en la cumbre del acantilado, perdidas en el techo cobrizo del señor Lenepveu, unas figuras reían y hacían muecas, se mofaban y se burlaban de la angustia de los señores Richard y Moncharmin.

Y sin embargo, estas figuras solían ser muy serias. Se llamaban Isis, Anfitrite, Hebe, Pandora, Psique, Tetis, Pomona, Dafne, Clitia, Galatea y Aretusa.

Sí, la misma Aretusa y Pandora, a quien todos conocemos por su caja, miraban desde lo alto a los dos nuevos directores de la Ópera, quienes terminaron por aferrarse a algún trozo de naufragio y desde allí contemplaban en silencio el Palco Número Cinco del gran anfiteatro.

He dicho que estaban consternados. Al menos, lo supongo. M. Moncharmin, en cualquier caso, admite que estaba impresionado. Para citar sus propias palabras, en sus Memorias:

“Esta milonga sobre el fantasma de la Ópera en la que, desde que asumimos por primera vez las obligaciones de los señores Poligny y Debienne, habíamos estado tan plácidamente sumergidos”⁠—el estilo de Moncharmin no siempre es irreproachable⁠—“había acabado sin duda por cegar mis facultades imaginativas y también

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