—Tienes miedo… pero ¿me amas? Si Erik fuera apuesto, ¿me amarías, Christine?
Se levantó a su vez, pasó sus dos brazos temblorosos alrededor del cuello del joven y dijo:
“¡Oh, mi prometido de un día, si no te amara, no te daría mis labios! Tómalos, por primera y última vez”.
Él besó sus labios; pero la noche que los rodeaba fue desgarrada, huyeron como ante la aproximación de una tormenta y sus ojos, llenos de terror hacia Erik, les mostraron, antes de desaparecer, muy arriba de ellos, a una inmensa ave nocturna que los mir fijamente con sus ojos llameantes y parecía aferrarse a la cuerda de la lira de Apolo.