El rapto de Christine Daaé en el acto de la prisión, que naturalmente sorprendió a todo el mundo, me pilló preparado. Yo tenía la absoluta certeza de que había sido escamoteada por Erik, ese príncipe de los prestidigitadores. Y creí firmemente que aquel era el fin de Christine y tal vez el de todos, hasta el punto de que pensé en aconsejar a todas aquellas personas que seguían en el teatro que pusieran pies en polvorosa. Sentí, sin embargo, que seguramente me tomarían por loco y me abstuve.
Por otro lado, decidí actuar sin más demora, por lo que a mí respecta. Las probabilidades estaban a mi favor de que Erik, en ese momento, solo estuviera pensando en su cautiva.
Este era el momento de entrar en su casa por el tercer sótano; y resolví llevar conmigo a aquel pobre y desesperado vizconde que, a la primera sugerencia, aceptó con una confianza en mí que me conmovió profundamente.
Había enviado a mi criado por mis pistolas. Le di una al vizconde y le aconsejé que se mantuviera preparado para disparar, pues, después de todo, Erik podía estar esperándonos detrás del muro. Debíamos ir por el camino de los Comunes y a través de la trampilla.
Al ver mis pistolas, el pequeño vizconde me preguntó si íbamos a batirnos en duelo. Le respondí:
«Sí; ¡y qué duelo!»
Pero, por supuesto, no tuve tiempo de explicarle nada. El joven vizconde es un muchacho valiente, pero apenas sabía nada de su adversario; y tanto mejor. Mi gran temor era que él ya estuviera cerca de nosotros, preparando el lazo de Punyab. Nadie sabe mejor que él cómo lanzar el lazo de Punyab, pues es el rey de los estranguladores así como es el príncipe de los prestidigitadores.