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nydus/The Phantom of the OperaPublic
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XIII. Una obra maestra del Amante de la Trampilla

—Querido amigo —dijo el conde Felipe—, le ha disparado a un gato.

—La desgracia es —dijo Raoul, con una sonrisa burlona—, que es muy posible. Con Erik, nunca se sabe. ¿Es Erik? ¿Es el gato? ¿Es el fantasma? No, con Erik, ¡no hay quien se aclare!

Raoul continuó haciendo este extraño tipo de observaciones que correspondían tan íntima y lógicamente con la preocupación de su cerebro y que, al mismo tiempo, tendían a persuadir a mucha gente de que su mente estaba trastornada.

El conde mismo se vio asaltado por esta idea; y, más tarde, el juez de instrucción, al recibir el informe del comisario de policía, llegó a la misma conclusión.

—¿Quién es Erik? —preguntó el conde, apretando la mano de su hermano.

“Él es mi rival. Y, si no está muerto, es una lástima”.

Despidió a los criados con un ademán y los dos Chagny se quedaron solos. Pero los hombres aún no estaban fuera de alance del oído cuando el ayuda de cámara del conde oyó a Raoul decir, clara y enfáticamente:

—Me llevaré a Christine Daaé esta noche.

Esta frase fue repetida más tarde al juez de instrucción, M. Faure. Pero nadie supo jamás con exactitud qué pasó entre los dos hermanos en aquella entrevista. Los criados declararon que aquella no era su primera disputa. Sus voces atravesaban la pared; y siempre se trataba de una corista llamada Christine Daaé.

A la hora del desayuno⁠—el desayuno temprano que el conde tomaba en su estudio⁠—, Philippe mandó llamar a su hermano. Raoul llegó silencioso y sombrío. La escena fue muy breve. Philippe le entregó a su hermano un ejemplar de L'Epoque y le dijo:

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