no casarte nunca.
Christine cogió las manos de Raoul y las apretó con un éxtasis increíble. Pero, volviendo a alarmarse de repente, apartó la cabeza.
“¡Más alto!”, fue lo único que dijo. “¡Aún más alto!”.
Y ella lo arrastró hacia la cumbre.
Le costaba seguirla. Pronto estuvieron bajo el mismo techo, en el laberinto de maderamen. Se deslizaron entre los contrafuertes, los tirantes, las viguetas; corrían de viga en viga como habrían corrido de árbol en árbol por un bosque.
Y, a pesar del cuidado que ponía en mirar a sus espaldas a cada instante, no vio una sombra que la seguía como su propia sombra, que se detenía cuando ella se detenía, que volvía a ponerse en marcha cuando ella lo hacía y que no hacía más ruido del que debe hacer una sombra bien educada.
En cuanto a Raoul, tampoco vio nada; pues, cuando tenía a Christine delante de él, nada de lo que ocurría detrás le interesaba.