multitud; y los demás lo buscaron en vano, mientras dos caballeros ancianos intentaban calmar a la pequeña Jammes y la pequeña Giry seguía chillando como un pavo real.
Sorelli estaba furiosa; no había podido terminar su discurso; los directores la habían besado, dado las gracias y salido huyendo tan rápido como el fantasma en persona.
Nadie se sorprendió por esto, pues se sabía que debían repetir la misma ceremonia en el piso de arriba, en el foyer de las cantantes, y que finalmente debían recibir ellos mismos a sus amigos personales, por última vez, en el gran vestíbulo situado fuera de la oficina de la dirección, donde se serviría una cena en toda regla.
Aquí encontraron a los nuevos directores, el señor Armand Moncharmin y el señor Firmin Richard, a quienes apenas conocían; sin embargo, fueron pródigos en protestas de amistad y recibieron en respuesta mil cumplidos lisonjeros, de modo que aquellos de los invitados que habían temido tener reservada una velada bastante tediosa pusieron enseguida caras más alegres.
La cena fue casi alegre y un discurso particularmente ingenioso del representante del gobierno, que mezclaba las glorias del pasado con los éxitos del futuro, hizo que prevaleciera la mayor cordialidad.
Los directores salientes ya habían entregado a sus sucesores las dos diminutas llaves maestras que abrían todas las puertas —millares de puertas— de la Ópera. Y aquellas llavecesitas, objeto de la curiosidad general, iban pasando de mano en mano, cuando la atención de algunos de los invitados se vio desviada al descubrir, al extremo de la mesa, aquel rostro extraño, pálido y fantástico, de ojos hundidos, que ya se había aparecido en el ambigún del ballet y había sido saludado por la exclamación de la pequeña Jammes:
«¡El fantasma de la Ópera!»