absorta. Trabajaba, cavaba y arrancaba malas hierbas sin cesar, y en lugar de cansarse, cada hora estaba más contenta con su trabajo. Le parecía una especie de juego fascinante. Encontró muchos más brotes de color verde pálido de los que jamás había esperado hallar. Parecían surgir por todas partes y cada día estaba segura de encontrar otros diminutos, algunos tan pequeños que apenas asomaban sobre la tierra. Había tantos que recordó lo que Marta había dicho sobre las «campanillas de invierno por millares», y sobre cómo los bulbos se reproducían y crecían nuevos. Los habían dejado a su suerte durante diez años y tal vez se habían multiplicado, como las campanillas de invierno, por millares. Se preguntaba cuánto tardarían en demostrar que eran flores. A veces dejaba de cavar para mirar el jardín e intentar imaginar cómo sería cuando estuviera cubierto de miles de cosas hermosas en flor.
Durante esa semana de sol, se hizo más amiga de Ben Weatherstaff. Lo sorprendió varias veces al aparecer junto a él como si hubiera brotado de la tierra. > La verdad era que temía que él recogiera sus herramientas y se fuera si la veía venir, así que siempre caminaba hacia él lo más silenciosamente posible. Pero, de hecho, él no la rechazaba con tanta fuerza como al principio. Tal vez se sentía secretamente halagado por el evidente deseo que ella tenía de su anciana compañía. Luego, además, ella era más cortés de lo que había sido. Él no sabía que, cuando lo vio por primera vez, le había hablado como le habría hablado