Ben Weatherstaff
Una de las cosas extrañas de vivir en el mundo es que solo de vez en cuando uno está completamente seguro de que va a vivir por siempre jamás y para siempre. Uno lo sabe a veces cuando se levanta a la hora tierna y solemne del alba, sale, se queda a solas, echa la cabeza muy hacia atrás y mira una y otra vez hacia arriba y observa cómo el cielo pálido cambia y se sonroja lentamente y ocurren cosas maravillosas y desconocidas hasta que el Oriente casi le hace a uno gritar y el corazón se le detiene ante la extraña e inmutable majestad de la salida del sol, que ha estado ocurriendo todas las mañanas durante miles y miles y miles de años. Uno lo sabe entonces por un momento más o menos. Y uno lo sabe a veces cuando se queda a solas en un bosque al atardecer y la misteriosa y profunda quietud dorada que se desliza oblicua a través y por debajo de las ramas parece estar diciendo lentamente una y otra vez algo que uno no logra oír del todo, por mucho que lo intente. Luego, a veces, la inmensa quietud del azul oscuro por la noche con millones de estrellas esperando y vigilando hace que uno esté seguro; y a veces el sonido de una música lejana hace que sea verdad; y a veces una mirada en los ojos de alguien.
Y así fue con Colin cuando vio, oyó y sintió por primera vez la Primavera dentro de los cuatro altos muros de un jardín oculto. Esa tarde el mundo entero parecía dedicarse a ser perfecto, radiantemente hermoso y bondadoso con un solo muchacho. Tal vez por pura bondad celestial, la primavera vino y apiñó todo lo posible en aquel único lugar.