—¿Qué dirá el doctor Craven? —prorrumpió Mary.
—No dirá nada —respondió Colin—, porque no se le va a decir. Este va a ser el mayor secreto de todos. Nadie ha de saber nada al respecto hasta que me haya vuelto tan fuerte que pueda caminar y correr como cualquier otro niño.
Vendré aquí todos los días en mi silla y me llevarán de regreso en ella. No permitiré que la gente susurre y haga preguntas, ni dejaré que mi padre se entere hasta que el experimento haya tenido completo éxito.
Luego, algún día, cuando regrese a Misselthwaite, simplemente entraré a su estudio y diré: «Aquí estoy; soy como cualquier otro niño. Estoy muy bien y llegaré a ser un hombre. Se ha logrado mediante un experimento científico»."
—Pensará que está en un sueño —exclamó Mary—. No dará crédito a sus ojos.
Colin se sonrojó triunfante. Se había convencido de que iba a ponerse bien, lo cual era en realidad más de media batalla, si hubiera sido consciente de ello.
Y el pensamiento que lo estimulaba más que cualquier otro era este: imaginarse la cara que pondría su padre al ver que tenía un hijo tan derecho y fuerte como los hijos de los demás padres. Uno de sus más oscuros sufrimientos en los insanos y enfermizos días del pasado había sido el odio a ser un muchacho debilucho y de espalda frágil a quien su padre temía mirar.
“Estará obligado a creerles —dijo—. Una de las cosas que voy a hacer, después de que la Magia funcione y antes de empezar a hacer descubrimientos científicos, es ser atleta”.
—No tardarás ni una semana en empezar a boxear —dijo Ben Weatherstaff—. Acabarás ganando el Cinturón