allí, en lo alto del muro, estaba posado el petirrojo de Ben Weatherstaff, inclinándose hacia adelante para mirarla con su pequeña cabeza torcida hacia un lado.
“¡Oh! —exclamó ella—, ¿eres tú, eres tú?”.
Y no le pareció para nada extraño hablarle como si estuviera segura de que él la entendería y le respondería.
Él sí respondió. Pío y gorjeó y dio botecitos por la pared como si le estuviera contando toda clase de cosas. A la señora Mary le pareció que también lo entendía, aunque no estuviera hablando con palabras. Era como si dijera:
¡Buenos días! ¿No es agradable el viento? ¿No es agradable el sol? ¿No es todo agradable? Vamos a piar, saltar y trinar los dos. ¡Vamos! ¡Vamos!
Mary empezó a reír, y mientras él daba saltitos y cortos vuelos a lo largo del muro, ella corría tras él. Pobre Mary, pequeña, delgada, cetrina y fea—por