El nido del malvís
Durante dos o tres minutos se quedó mirando a su alrededor, mientras Mary lo observaba, y luego comenzó a caminar despacio, con pasos aún más ligeros que los que había dado Mary la primera vez que se había visto dentro de las cuatro paredes. Sus ojos parecían absorberlo todo: los árboles grises con las trepadoras grises trepando por ellos y colgando de sus ramas, la maraña en los muros y entre la hierba, las alcobas de hoja perenne con los asientos de piedra y las altas urnas para flores erguidas en su interior.
—Nunca pensé que vería este lugar —dijo al fin, en un susurro.
—¿Lo sabías? —preguntó Mary.
Había hablado en voz alta y él le hizo una seña.
—Tenemos que hablar bajito —dijo—, o alguien nos oirá y se preguntará qué pasa por aquí.
—¡Oh! ¡Se me olvidaba! —dijo Mary, sintiendo miedo y llevándose rápidamente la mano a la boca—. ¿Sabías lo del jardín? —preguntó de nuevo cuando se hubo recuperado.
Dickon asintió.
—Martha me dijo que había uno al que nadie entraba jamás —respondió—. Nosotros solíamos preguntarnos cómo sería.
Se detuvo y miró a su alrededor el hermoso enredo gris que lo rodeaba, y sus ojos redondos mostraban una extraña felicidad.