No había solo hortalizas en este jardín. Dickon había comprado de vez en cuando bolsitas de diez céntimos de semillas de flores y había sembrado especies brillantes y de dulce aroma entre las matas de grosellas e incluso las coles, y cultivaba bordes de reseda, claveles silvestres, pensamientos y plantas cuyas semillas podía guardar año tras año o cuyas raíces florecían cada primavera y con el tiempo se extendían formando hermosos macizos. El muro bajo era una de las cosas más bonitas de Yorkshire porque él había metido dedaleras de los páramos, helechos, arabis y flores silvestres de los setos en cada rendija hasta que solo aquí y allí se vislumbraban retazos de las piedras.
—Todo lo que tiene que hacer uno para que prosperen, madre —solía decir—, es ser amigo de ellos de verdad. Son igual que las «criaturas». Si tienen sed, se les da de beber, y si tienen hambre, se les da un bocado de comida. Quieren vivir lo mismo que nosotros. Si se murieran, me sentiría como si hubiera sido un muchacho malo y, de algún modo, los hubiera tratado sin corazón.
Fue en estas horas crepusculares cuando la señora Sowerby se enteró de todo lo que había ocurrido en la Mansión Misselthwaite.
Al principio solo le contaron que al «señorito Colin» le había dado por salir a los jardines con la señorita Mary y que eso le estaba sentando bien. Pero no pasó mucho tiempo antes de que los dos niños acordaran que la madre de Dickon podía «entrar en el secreto». De algún modo, no cabía duda de que era «de fiar con toda seguridad».
Así pues, una hermosa tarde de calma, Dickon contó toda la historia, con todos los emocionantes detalles de la llave enterrada y el petirrojo y la neblina gris que había parecido la muerte y el secreto que la amañada Mistress Mary había planeado no revelar jamás.