y en el segundo verso Ben Weatherstaff se aclaró la garganta con aspereza y en el tercero se unió con tal vigor que parecía casi salvaje y cuando el «Amén» llegó a su fin, Mary observó que le había ocurrido exactamente lo mismo que cuando descubrió que Colin no era un tullido: le temblaba la barbilla y estaba mirando fijamente y parpadeando y sus curtidas y viejas mejillas estaban mojadas.
–Nunca le habí visto sentío a la Doxología antes –dijo con voz ronca–, pero puede que cambie de opinión con el tiempo. Diría que ha subido cinco libras esta semana, mester Colin, ¡cinco enteras!
Colin estaba mirando hacia el jardín algo que había llamado su atención y su expresión se había vuelto de sorpresa.
—¿Quién entra aquí? —dijo con rapidez—. ¿Quién es?
La puerta en el muro cubierto de hiedra se había abierto suavemente y una mujer había entrado. Había llegado con el último verso de su canción y se había quedado quieta escuchándolos y mirándolos.
Con la hiedra a sus espaldas, la luz del sol filtrándose a través de los árboles y moteando su larga capa azul, y su lindo y fresco rostro sonriendo a través de la frondosidad, era más bien como una ilustración de colores suaves en uno de los libros de Colin.
Tenía unos ojos maravillosos y afectuosos que parecían abarcarlo todo: a todos ellos, incluso a Ben Weatherstaff y a las «criaturas», y a cada flor que estaba en plena floración. Por muy inesperadamente que hubiera aparecido, ninguno de ellos sintió en absoluto que fuera una intrusa. Los ojos de Dickon se encendieron como lámparas.
“¡Es mamá, eso es lo que es!”, gritó y atravesó el césped corriendo.
Colin comenzó a moverse hacia ella también, y Mary fue con él. Ambos sintieron que sus pulsos latían más aprisa.