allí aconteció. Al principio parecía que las cosas verdes nunca dejarían de abrirse paso a través de la tierra, en el césped, en los arriates, incluso en las rendijas de los muros. Luego las cosas verdes comenzaron a mostrar capullos y los capullos empezaron a desplegarse y a mostrar color, cada tono de azul, cada tono de púrpura, cada matiz y color de carmesí. En sus días felices se habían metido flores a presión en cada pulgada, en cada hueco y en cada rincón. Ben Weatherstaff lo había visto hacer y él mismo había raspado el mortero de entre los ladrillos del muro para hacer bolsillos de tierra donde crecieran preciosas plantas trepadoras. Los lirios y los lirios blancos surgían del césped en gavillas, y las alcobas verdes se llenaban con asombrosos ejércitos de lanzas de flores azules y blancas de altos delfinios, aguileñas o campanulas.
—Ella los quería mucho a esos —decía Ben Weatherstaff—. Le gustaban esas cosas que estaban siempre apuntando hacia el cielo azul, solía decir. No porque fuera de las que miraban la tierra por encima del hombro, ni mucho menos. A ella simplemente le encantaba, pero decía que el cielo azul siempre se veía tan alegre.
Las semillas que Dickon y Mary habían plantado crecieron como si las hadas las hubieran cuidado. Amapolas satinadas de todos los tonos bailaban en la brisa a montones, desafiando alegremente a las flores que habían vivido en el jardín durante años y que, hay que confesarlo, parecían preguntarse cómo se habían metido allí esas nuevas personas.
Y las rosas, ¡las rosas! Surgiendo de la hierba, enredadas alrededor del reloj de sol, coronando los troncos de los árboles y colgando de sus ramas, trepando por los muros y extendiéndose sobre ellos con largas guirnaldas que caían en cascada, cobraban vida día a día, hora a hora.
Hojas tiernas y frescas, y capullos, y capullos, diminutos al principio pero hinchándose y obrando la Magia hasta estallar y desenrollarse en copas de perfume que se desbordaban delicadamente por sus bordes y llenaban el aire del jardín.