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nydus/The Secret GardenPublic
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XXII. Cuando se Puso el Sol

—A ella le gustaban tanto, ¡tanto que sí! —dijo Ben Weatherstaff lentamente—. Y era una muchacha tan bonita. Una vez me dice: «Ben —dice, riéndose—, si alguna vez me pongo enferma o si me voy, tienes que cuidar de mis rosas». Cuando de verdad se fue, la orden fue que nadie debía acercarse jamás. Pero yo venía —con terquedad gruñona—. Por encima del muro venía —hasta que el reumatismo me paró—, y hacía un poco de trabajo una vez al año. Ella había dado su orden primero.

—No habría sido tan fiero como es si no lo hubieras hecho tú —dijo Dickon—. Sí que me extrañó.

—Me alegro de que lo hayas hecho, Weatherstaff —dijo Colin—. Sabrás cómo guardar el secreto.

—Sí, ya me enteraré, señor —respondió Ben—. Y le será más fácil entrar por la puerta a un hombre con reuma.

Sobre la hierba, cerca del árbol, Mary había dejado caer su badilejo. Colin extendió la mano y lo tomó. Una expresión extraña apareció en su rostro y comenzó a escarbar la tierra. Su mano delgada era bastante débil, pero al poco rato, mientras lo observaban —Mary con un interés casi sin aliento—, clavó el extremo del badilejo en la tierra y volvíó un poco.

“¡Tú puedes! ¡Tú puedes!”, se decía Mary. “¡Te lo digo, sí puedes!”.

Los ojos redondos de Dickon estaban llenos de una impaciente curiosidad, pero no dijo una sola palabra. Ben Weatherstaff observaba con cara de interés.

Colin persevered. After he had turned a few trowelfuls of soil he spoke exultantly to Dickon in his best Yorkshire.

“Dijiste que harías que anduviera por aquí igual que otra gente⁠—y dijiste que harías que cavara. Pensé que solo estabas mintiendo para

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