Este fue un mal comienzo y Mary se acercó a él con aire rígido.
—¿Por qué no te levantaste? —dijo ella.
—Me levanté esta mañana cuando creí que ibas a venir —respondió, sin mirarla—. Hicieron que me acostara de nuevo esta tarde. Me dolía la espalda y me dolía la cabeza y estaba cansado. ¿Por qué no viniste?
—Estaba trabajando en el jardín con Dickon —dijo Mary.
Colin frunció el ceño y se dignó a mirarla.
«No dejaré que ese muchacho venga aquí si tú te vas a quedar con él en vez de venir a hablar conmigo», dijo él.
Mary montó en cólera. Ella podía montar en cólera sin hacer ruido. Simplemente se volvía agria y obstinada y no le importaba lo que pasara.
—¡Si mandas a Dickon lejos, no volveré a entrar en esta habitación en la vida! —replicó ella.
—Tendrás que hacerlo si yo quiero —dijo Colin.
—¡No lo haré! —dijo Mary.
—Te obligaré —dijo Colin—. Harán que te arrastren hacia adentro.
—¡Que intenten hacerlo, señor Rajah! —dijo Mary con fiereza—. Podrán arrastrarme hasta allí, pero no lograrán que hable una vez que me tengan. Me sentaré apretando los dientes y no les diré ni una sola cosa. Ni siquiera los miraré. ¡Me quedaré mirando fijamente el suelo!
Eran una pareja simpática y agradable mientras se fulminaban con la mirada. Si hubiesen sido dos muchachitos callejeros, se habrían lanzado el uno contra el otro y se habrían enzarzado en una pelea tumultuosa. Tal como estaban, hicieron lo más parecido a eso.