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nydus/The Secret GardenPublic
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XXV. The Curtain

era tan grande que temía que pudiera ser perjudicial para los Huevos.

Cuando el muchacho empezó a caminar por su cuenta e incluso a moverse con más rapidez, supuso un inmenso alivio. Pero durante mucho tiempo —o eso le parecía al petirrojo— fue motivo de cierta inquietud. No actuaba como los demás humanos. Parecía muy aficionado a caminar, pero tenía la costumbre de sentarse o tumbarse un rato y luego levantarse de manera desconcertante para empezar de nuevo.

Un día el petirrojo recordó que, cuando a él mismo sus padres le habían enseñado a volar, había hecho más o menos lo mismo. Había hecho vuelos cortos de unas pocas yardas y luego se había visto obligado a descansar. Así que se le ocurrió que este muchacho estaba aprendiendo a volar⁠—o más bien a caminar. Le comentó esto a su compañera y, cuando le dijo que los Huevos probablemente se portarían de la misma manera después de que les crecieran las plumas, ella se sintió bastante reconfortada e incluso cobró un gran interés lleno de entusiasmo, y le causó un enorme placer observar al muchacho desde el borde de su nido⁠—aunque siempre pensó que los Huevos serían mucho más listos y aprenderían más rápido. Pero entonces añadió con indulgencia que los humanos siempre eran más torpes y lentos que los Huevos y que la mayoría de ellos parecía no aprender nunca a volar de verdad. Jamás te los encontrabas en el aire ni en las copas de los árboles.

Al cabo de un rato, el muchacho comenzó a moverse como los demás, pero los tres niños hacían a veces cosas inusuales. Se paraban bajo los árboles y movían los brazos, las piernas y la cabeza de un modo que no era ni caminar, ni correr, ni sentarse. Realizaban estos movimientos a intervalos todos los días, y el petirrojo nunca pudo explicarle a su compañera qué hacían o intentaban hacer. Solo podía decir que estaba seguro de que los Huevos jamás aletearían de esa manera; pero, como el muchacho que hablaba tan fluidamente el

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