Y ella era apenas una jovencita y había un viejo árbol con una rama doblada como un asiento. Y ella hizo que crecieran rosas sobre ella y solía sentarse allí. Pero un día, cuando estaba sentada allí, la rama se rompió y ella cayó al suelo y se lastimó tanto que al día siguiente murió. Los médicos pensaron que él perdería la cabeza y moriría también. Por eso lo odia. Nadie ha entrado jamás desde entonces, y él no deja que nadie hable de eso.
Mary no hizo más preguntas. Miró el fuego rojo y escuchó el viento que soplaba con bramidos (“wutherin’”). Parecía bramar (“wutherin’ ”) más fuerte que nunca.
En ese momento le estaba pasando algo muy bueno. De hecho, le habían pasado cuatro cosas buenas desde que había llegado a Misselthwaite Manor:
- había sentido como si hubiera entendido a un petirrojo y este la hubiera entendido a ella;
- había corrido contra el viento hasta que su sangre se había calentado;
- había tenido un hambre saludable por primera vez en su vida;
- y había descubierto lo que era sentir compasión por alguien.
Iba por buen camino.
Pero mientras escuchaba el viento, empezó a escuchar otra cosa. No sabía qué era, porque al principio apenas podía distinguirlo del propio viento. Era un sonido curioso; parecía casi como si un niño estuviera llorando en alguna parte. A veces el viento sonaba bastante parecido a un niño llorando, pero al poco tiempo la señora Mary se sintió muy segura de que este sonido estaba dentro de la casa, no fuera de ella. Estaba muy lejos, pero estaba dentro. Se dio la vuelta y miró a Martha.
—¿Oyes a alguien llorar? —dijo ella.