absoluto”, dijo Mary. “Nunca lo he tenido. A mi Ayah no le gustaba y nunca jugué con
Es costumbre en Yorkshire decir lo que uno piensa con brusca franqueza, y el viejo Ben Weatherstaff era un hombre de los páramos de Yorkshire.
—Tú y yo nos parecemos bastante —dijo—. Estamos cortados por el mismo patrón. Ninguno de los dos es bien parecido y los dos somos tan agrios como aparentamos. Tenemos el mismo genio desagradable los dos, te lo apuesto.
Esto era hablar sin rodeos, y Mary Lennox nunca había oído la verdad sobre sí misma en toda su vida. Los criados nativos siempre hacían una reverencia y se sometían a uno, hiciera lo que hiciera. Nunca había pensado mucho en su aspecto, pero se preguntó si sería tan poco atractiva