Por supuesto que esta era la Magia equivocada—empezar diciendo «demasiado tarde». Incluso Colin podría habérselo dicho. Pero él no sabía nada de la Magia, ni blanca ni negra. Eso aún tenía que aprenderlo.
Se preguntó si Susan Sowerby se había armado de valor y le había escrito solo porque aquella criatura maternal se había dado cuenta de que el muchacho estaba mucho peor, gravemente enfermo.
Si no hubiera estado bajo el influjo de la extraña calma que se había apoderado de él, habría sido más desgraciado que nunca. Pero la calma traía consigo una especie de valor y esperanza. En vez de ceder a los pensamientos sobre lo peores circunstancias, descubrió que en realidad estaba intentando creer en cosas mejores.
“¿Sería posible que viese que yo puedo hacerle bien y controlarlo?”, pensó.
«Iré a verla de camino a Misselthwaite».
Pero cuando, en su trayecto a través del páramo, detuvo el carruaje junto a la cabaña, siete u ocho niños que jugaban por allí se congregaron en grupo y, haciendo siete u ocho amables y educadas reverencias, le contaron que su madre se había ido al otro lado del páramo temprano por la mañana para ayudar a una mujer que tenía un bebé recién nacido.
«Nuestro Dickon», añadieron espontáneamente, estaba en la Mansión trabajando en uno de los jardines a los que iba varios días a la semana.
El señor Craven contempló la colección de cuerpos pequeños y robustos y rostros redondos de mejillas encendidas, cada uno sonriendo a su manera particular, y se dio cuenta de que formaban un grupo sano y simpático. Les devolvió la sonrisa con una expresión amistosa, sacó una libra esterlina de oro del bolsillo y se la dio a «nuestra ’Lizabeth Ellen», que era la mayor.