La casa más extraña en la que alguien haya vivido jamás
Era el lugar más dulce y de aspecto más misterioso que uno pudiera imaginar. Los altos muros que lo encerraban estaban cubiertos por los tallos sin hojas de rosales trepadores que eran tan espesos que formaban una maraña. Mary Lennox sabía que eran rosas porque había visto una gran cantidad de rosas en la India.
Todo el suelo estaba cubierto de hierba de un pardo invernal y de él surgían matas de arbustos que sin duda eran rosales si es que seguían vivos. Había una gran cantidad de rosales de pie alto que habían extendido tanto sus ramas que parecían arbolitos.
Había otros árboles en el jardín, y una de las cosas que hacían que el lugar pareciera más extraño y encantador era que las rosas trepadoras lo habían invadido todo y colgaban largos zarcillos que formaban ligeras cortinas oscilantes, y aquí y allá se habían enredado entre sí o en alguna rama lejana y se habían deslizado de un árbol a otro, creando hermosos puentes con sus propios tallos.
Ahora no tenían hojas ni rosas, y Mary no sabía si estaban vivos o muertos, pero sus delgadas ramas y brotes grises o marrones parecían una especie de manto brumoso que se extendía sobre todo, muros, árboles y hasta el pasto marrón, allí donde se habían desprendido de sus soportes y corrían por el suelo.