colgaban de los árboles. Era como ser llevado en triunfo por el reino de un rey y una reina mágicos y ver todas las misteriosas riquezas que contenía.
—Me pregunto si veremos al petirrojo —dijo Colin.
—Ya lo verás harto a menudo después de un tiempo —contestó Dickon—. Cuando los huevos eclosionen, el amiguito estará tan ocupado que se le va a marear la cabeza. Ya lo verás volando de aquí para allá cargando lombrices casi tan grandes como él, y con tanto alboroto en el nido cuando llega que lo deja medio aturdido, al punto que apenas sabe en qué gran boca meter el primer bocado. ¡Y picos abiertos y graznidos por todas partes!
Mamá dice que cuando ve el trabajo que pasa un petirrojo para mantener llenos esos picos abiertos, siente como si fuera una señora que no tiene nada que hacer. Dice que ha visto a los amiguitos cuando parecía que el sudor debiera habérseles caído encima, aunque la gente no pueda verlo.
Esto los hizo reír con tanta satisfacción que se vieron obligados a taparse la boca con las manos, recordándose que no debían hacerse oír. A Colin le habían enseñado las reglas de los susurros y las voces bajas varios días antes. Le gustaba el misterio que envuelvo todo aquello y hacía su mejor esfuerzo, pero en medio de una emoción tan alegre resulta bastante difícil no reírse nunca más alto que en un susurro.
Cada momento de la tarde estaba lleno de cosas nuevas y cada hora la luz del sol se hacía más dorada.
La silla de ruedas había sido retirada bajo el toldo y Dickon se habíacon sentado en el césped y acababa de sacar su pipa cuando Colin vio algo en lo que no había tenido tiempo de reparar antes.
“Ese de ahí es un árbol muy viejo, ¿no?”, dijo.