volcar en sus rabietas se precipitó a través de él ahora de un modo nuevo. Jamás se le había acusado de tener las piernas torcidas —ni siquiera en susurros— y la creencia tan perfecta y simple en su existencia que revelaba la voz de Ben Weatherstaff era más de lo que la carne y la sangre de un rajá podían soportar. Su ira y su orgullo ofendido le hicieron olvidarse de todo salvo de aquel único instante y lo llenaron de un poder que jamás había conocido antes, una fuerza casi antinatural.
“¡Ven aquí!”, le gritó a Dickon, y de verdad empezó a arrancar las mantas de sus extremidades inferiores y a deshacerse de ellas.
“¡Ven aquí! ¡Ven aquí! ¡Ahora mismo!”
Dickon estuvo a su lado en un segundo.
Mary reprimió el aliento con un breve jadeo y sintió que se ponía pálida.