Se arrodilló junto al sofá y sacó un biberón del bolsillo.
“Vamos, pequeñín”, dijo, volviendo la pequeña cabeza blanca y lanuda con una suave mano morena.
“Esto es lo que buscas. Vas a sacar más provecho de esto que de los abrigos de terciopelo de seda. Anda ya”,
y empujó la tetina de goma del biberón dentro de la hocicuda boquita y el cordero comenzó a mamar con un éxtasis devorador.
Después de eso no hizo falta preguntarse qué decir. Para cuando el cordero se durmió, las preguntas brotaron a raudales y Dickon las respondió todas.
Les contó cómo había encontrado al cordero justo cuando salía el sol tres mañanas atrás. Había estado de pie en el páramo escuchando a una alondra y viéndola elevarse cada vez más alto en el cielo hasta convertirse en un mero punto en las alturas del azul.
“Casi lo había perdido si no llega a ser por su canto, y yo me preguntaba cómo un muchacho podía oírlo cuando parecía que iba a irse de este mundo en un minuto—y justo entonces oí otra cosa a lo lejos entre los matorrales de árgoma.
Era un balido débil y supe que era un cordero nuevo que tenía hambre y supe que no tendría hambre si no hubiera perdido a su madre de algún modo, así que me puse a buscar.
¡Eh! Vaya que lo busqué. Entré y salí de entre los matorrales de árgoma y di mil vueltas y siempre parecía tomar el desvío equivocado. Pero al fin vi un trocito blanco junto a una roca en lo alto del páramo y subí trepando y encontré al pequeñajo medio muerto de frío y de hambre”.
Mientras él hablaba, Soot volaba solemnemente hacia adentro y hacia afuera por la ventana abierta y graznaba comentarios sobre el paisaje,