—Si dividen eso en ocho partes, habrá media corona para cada uno de ustedes —dijo.
Entonces, entre sonrisas, risitas y reverencias con tiritones de cabeza, se alejó conduciendo, dejando atrás éxtasis, codazos cómplices y pequeños saltitos de alegría.
El viaje a través de la maravilla del páramo fue algo balsámico. ¿Por qué parecía darle una sensación de regreso al hogar que había estado seguro de no volver a sentir jamás—esa sensación de la belleza de la tierra y del cielo y de la floración púrpura de la distancia y un calentamiento del corazón al acercarse a la gran casa antigua que había cobijado a los de su sangre durante seiscientos años? ¡Cómo se había alejado de ella la última vez, estremeciéndose al pensar en sus habitaciones cerradas y en el muchacho yacente en la cama con dosel y colgaduras de brocado! ¿Era posible que tal vez pudiera encontrarlo un poco cambiado para mejor y que lograra superar su repugnancia hacia él? Cuán real había sido aquel sueño—cuán maravillosa y clara la voz que lo llamaba de vuelta: «¡En el jardín—En el jardín!».
—Intentaré encontrar la llave —dijo—. Intentaré abrir la puerta. Debo hacerlo, aunque no sé por qué.
Cuando llegó a la Mansión, los sirvientes que lo recibieron con la acostumbrada ceremonia notaron que tenía mejor aspecto y que no se fue a las habitaciones remotas donde solía vivir atendido por Pitcher.
Fue a la biblioteca y mandó llamar a la señora Medlock. Ella acudió ante él algo excitada, curiosa y aturdida.
—¿Cómo está el amo Colin, Medlock? —inquirió él.
—Bien, señor —respondió la señora Medlock—, él es... es diferente, por decirlo de alguna manera.
—¿Peor? —sugirió él.