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nydus/The Secret GardenPublic
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XXVII. En el jardín

—Si dividen eso en ocho partes, habrá media corona para cada uno de ustedes —dijo.

Entonces, entre sonrisas, risitas y reverencias con tiritones de cabeza, se alejó conduciendo, dejando atrás éxtasis, codazos cómplices y pequeños saltitos de alegría.

El viaje a través de la maravilla del páramo fue algo balsámico. ¿Por qué parecía darle una sensación de regreso al hogar que había estado seguro de no volver a sentir jamás⁠—esa sensación de la belleza de la tierra y del cielo y de la floración púrpura de la distancia y un calentamiento del corazón al acercarse a la gran casa antigua que había cobijado a los de su sangre durante seiscientos años? ¡Cómo se había alejado de ella la última vez, estremeciéndose al pensar en sus habitaciones cerradas y en el muchacho yacente en la cama con dosel y colgaduras de brocado! ¿Era posible que tal vez pudiera encontrarlo un poco cambiado para mejor y que lograra superar su repugnancia hacia él? Cuán real había sido aquel sueño⁠—cuán maravillosa y clara la voz que lo llamaba de vuelta: «¡En el jardín⁠—En el jardín!».

—Intentaré encontrar la llave —dijo—. Intentaré abrir la puerta. Debo hacerlo, aunque no sé por qué.

Cuando llegó a la Mansión, los sirvientes que lo recibieron con la acostumbrada ceremonia notaron que tenía mejor aspecto y que no se fue a las habitaciones remotas donde solía vivir atendido por Pitcher.

Fue a la biblioteca y mandó llamar a la señora Medlock. Ella acudió ante él algo excitada, curiosa y aturdida.

—¿Cómo está el amo Colin, Medlock? —inquirió él.

—Bien, señor —respondió la señora Medlock—, él es... es diferente, por decirlo de alguna manera.

—¿Peor? —sugirió él.

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