Se encogía ante esa idea.
Una maravilla de día había caminado tanto que, cuando regresó, la luna estaba alta y llena y todo el mundo era de sombra púrpura y plata.
La quietud del lago, de la orilla y del bosque era tan maravillosa que no entró en la villa donde vivía.
Bajó hasta una pequeña terraza enramada al borde del agua, se sentó en un banco y respiró todos los aromas celestiales de la noche.
Sintió que una extraña calma se apoderaba de él y esta se hizo cada vez más profunda hasta que se quedó dormido.
No supo cuándo se durmió ni cuándo empezó a soñar; su sueño era tan real que no sentía como si estuviera soñando.
Recordó después cuán intensamente despierto y alerta había creído estar.
Pensó que mientras estaba sentado, respirando el aroma de las rosas tardías y escuchando el chapoteo del agua a sus pies, oyó una voz que llamaba. Era dulce, clara, feliz y lejana. Parecía muy lejana, pero la oyó con tanta claridad como si hubiera estado a su mismo lado.