Al otro lado del páramo
Durmió un buen rato, y cuando despertó, la señora Medlock había comprado una cesta con comida en una de las estaciones y comieron un poco de pollo, carne fría, pan con mantequilla y té caliente.
La lluvia parecía caer con más fuerza que nunca y todos en la estación llevaban impermeables mojados y relucientes. El revisor encendió las lámparas del vagón, y la señora Medlock se animó muchísimo con su té, su pollo y su carne.
Comió muchísimo y después se quedó dormida ella misma, y Mary se sentó a mirarla y observó cómo su elegante sombrero se le descolocaba hacia un lado hasta que ella misma volvió a dormirse en el rincón del vagón, arrullada por el golpeteo de la lluvia contra las ventanillas.
Estaba completamente oscuro cuando volvió a despertar. El tren se había detenido en una estación y la señora Medlock la estaba sacudiendo.
—¡Has dormido de lo lindo! —dijo—. ¡Ya es hora de abrir los ojos! Hemos llegado a la estación de Thwaite y nos queda un largo trayecto por delante.
Mary se puso en pie y trató de mantener los ojos abiertos mientras la señora Medlock recogía sus paquetes. La pequeña niña no se ofreció a ayudarla, porque en la India los criados nativos siempre recogían o llevaban las cosas y le parecía de lo más natural que los demás la sirvieran.
La estación era pequeña y nadie más que ellos parecía estar bajando del tren. El jefe de estación le habló a la señora Medlock de un modo áspero