—Están engordando —dijo Dickon—. Tienen tanta hambre que no saben cómo conseguir suficiente comida sin dar que hablar. El amo Colin dice que si sigue pidiendo más comida, ya no van a creer que es un inválido de ninguna manera. La señorita Mary dice que le dejará su porción, pero él dice que si ella pasa hambre se pondrá flaca y los dos tienen que engordar a la vez.
La señora Sowerby se rió con tantas ganas ante la revelación de esta dificultad, que se balanceó de atrás hacia adelante en su capa azul, y Dickon se rió con ella.
“Te diré una cosa, muchacho”, dijo la señora Sowerby cuando pudo hablar.
“He pensado en una manera de ayudarles. Cuando vayas a verlos por las mañanas, les llevarás un cubo de buena leche fresca y yo les hornearé una hogaza rústica crujiente o unos bollitos con pasas, de los que a ustedes los niños les gustan. No hay nada mejor que la panza llena con leche fresca y pan. Así podrán calmar el hambre mientras están en el jardín y la buena comida que reciben dentro terminará de redondear la faena”.
—¡Eh, madre! —dijo Dickon con admiración—, ¡qué maravilla estás hecha! Siempre ves la manera de salir de los apuros. Ayer estaban de lo más inquietos. No veían cómo arreglárselas sin pedir más comida; se sentían de lo más vacíos por dentro.
“Son dos zagales que están creciendo de prisa, y la salud les está volviendo a los dos. Chiquillos así son como lobeznos y la comida es carne y sangre para ellos”, dijo la señora Sowerby.
Luego sonrió con la misma sonrisa arqueada de Dickon. “¡Vaya! ¡Pero si se lo están pasando de lo lindo, seguro!”, dijo.