La hiedra colgaba espesa sobre la puerta, la llave estaba enterrada bajo los arbustos, ningún ser humano había cruzado aquel umbral en diez solitarios años—y, sin embargo, dentro del jardín había sonidos. Eran los sonidos de unos pies que corrían y forcejeaban pareciendo perseguirse en círculos bajo los árboles, eran extraños sonidos de voces bajas y reprimidas—exclamaciones y gritos jubilosos ahogados. Parecía en verdad la risa de criaturas jóvenes, la risa incontrolable de niños que intentaban no ser oídos pero que en un momento u otro—a medida que su emoción aumentaba—se dejarían oír a voces. ¿En nombre del cielo con qué estaba soñando—qué en nombre del cielo oía? ¿Estaba perdiendo la razón y creía oír cosas que no eran para oídos humanos? ¿Era eso lo que la lejana y clara voz había querido decir?
Y entonces llegó el momento, el momento incontrolable en que los sonidos olvidaron silenciarse. Los pies corrían cada vez más deprisa —se estaban acercando a la puerta del jardín— había una respiración juvenil, rápida y fuerte, y un estallido salvaje de gritos de risa que no se pudieron contener—, y la puerta en el muro se abrió de par en par, la cortina de hiedra oscilando hacia atrás, y un muchacho irrumpió a toda velocidad y, sin ver al intruso, se precipitó casi en sus brazos.
El señor Craven los había extendido justo a tiempo para evitar que cayera como consecuencia de su carrera a ciegas contra él, y cuando lo apartó para mirarlo con asombro por el hecho de estar allí, realmente se quedó sin aliento.
Era un muchacho alto y apuesto. Desprendía vida y su carrera había hecho acudir un color espléndido a su rostro. Se echó el espeso cabello hacia atrás desde la frente y levantó unos extraños ojos grises, ojos llenos de risa juvenil y enmarcados por pestañas negras a modo de flequillo. Fueron los ojos los que hicieron que el señor Craven se quedara sin aliento.