el gran páramo desierto y los grandes jardines desiertos le habían hecho sentir a esta que no quedaba nadie más en el mundo que ella misma. Si hubiera sido una niña cariñosa, acostumbrada a ser amada, se habría partido el corazón, pero aunque era «la señora María, tan contraria», estaba desolada, y el pajarillo de pecho brillante hizo aparecer en su rostro amargado una expresión que era casi una sonrisa. Lo escuchó hasta que se echó a volar. No era como un pájaro indio, y a ella le gustó y se preguntó si volvería a verlo alguna vez. Tal vez vivía en el jardín misterioso y lo sabía todo sobre él.
Tal vez fue porque no tenía absolutamente nada que hacer por lo que pensaba tanto en el jardín abandonado. Sentía curiosidad por él y quería ver cómo era.
¿Por qué había enterrado el señor Archibald Craven la llave? Si quería tanto a su esposa, ¿por qué odiaba su jardín?
Se preguntaba si llegaría a verlo algún día, pero sabía que si lo hacía no le agradaría él, y él no le agradaría a ella, y que solo se quedaría de pie mirándolo sin decir nada, aunque se moriría de ganas por preguntarle por qué había hecho algo tan extrañísimo.
“La gente nunca me quiere y yo nunca quiero a la gente —pensó—. Y nunca sé hablar como sabían hacerlo los hermanos Crawford. Siempre estaban hablando, riendo y haciendo ruido”.
Pensó en el petirrojo y en la forma en que parecía cantarle su canción, y al recordar la copa del árbol