El petirrojo que mostró el camino
Miró la llave durante bastante tiempo. Le dio la vuelta una y otra vez y pensó en ella.
Como ya he dicho antes, no era una niña a la que hubieran educado para pedir permiso o consultar las cosas con sus mayores. Todo lo que pensó de la llave fue que, si era la llave del jardín cerrado y lograba averiguar dónde estaba la puerta, tal vez podría abrirla y ver qué había dentro de los muros y qué les había pasado a los viejos rosales.
Era porque había estado cerrado tanto tiempo por lo que quería verlo. Parecía como si tuviera que ser diferente de otros lugares y que algo extraño debió de haberle sucedido durante diez años.
Además de eso, si le gustaba, podía entrar en él todos los días y cerrar la puerta tras de sí, e inventar algún juego propio y jugar completamente sola, porque nadie sabría nunca dónde estaba, sino que pensarían que la puerta seguía con cerrojo y la llave enterrada en la tierra. La idea de aquello le gustó muchísimo.
Vivir, por decirlo así, completamente sola en una casa con un centenar de habitaciones misteriosamente cerradas y sin tener absolutamente nada que hacer para divertirse, había puesto a funcionar su cerebro inactivo y estaba despertando en realidad su imaginación.